No lucen enojados…

No lucen enojados, aunque preparan grandes desastres, un destino tumultuoso que espera, como alguien que se escupe en las manos y las frota una contra otra antes de realizar una proeza.

Entre grandes carcajadas, rebosantes, saltan unos encima de los otros. Tras constatar su aptitud y agilidad, sigue un ramillete de patadas, puñetazos, que alborotan e iluminan como una artillería sus extremidades, pero todo ello sin rencor.

Y se lanzan equivocados, a través de lo que empieza aquí, en la frontera de lo prodigioso. Y aprovechan el delirio, huyen con pie ligero a sus aventuras.

Han crecido al sudor de gente sencilla, habitan con el pasado que los golpea con sus dos cuencas. Levantan muros, procesiones que son estertores.

En esta hora, si me abrieran, los hallarían alucinantes en medio de la noche, alumbrados de balazos.


Óscar Muciño

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El hombre solitario como la campanada de la una
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