El viajero del siglo. Andrés Neuman

Andrés Neuman (Bs. As., 1977) en su novela El viajero del siglo emprende una reflexión verbal y social sobre el siglo XIX, en su experimento narrativo retoma elementos de la “gran novela decimonónica” pero trabajados con métodos utilizados por las distintas corrientes narrativas del siglo XX.

Muchos tópicos de la novela decimonónica (encuentros en iglesias, en carruajes, entre las hierbas, escenas de salones de baile, tertulias filosóficas-literarias, intercambio de billetes a través de la servidumbre) sirven para poner en acción a personajes tipo: un corredor de bolsa y su sumisa mujer, una viuda apoyada en la religión, el viajero, el terrateniente de familia de buena nota, el extranjero. Además, la historia de un amor adúltero.

La acción ocurre en un pueblo alemán pos-napoleónico, conservador, sin fronteras fijas, con calles que parecen cambiar de lugar. El narrador echa mano de descripciones realistas enlazadas a la visión impresionista, el entorno climático alterando las emociones, como era usanza en los románticos, mientras sus habitantes son descritos en sus tipos, en su situación social de obreros, clase medieros o burgueses, remitiendo al naturalismo de Zola, sin tragedias ni juicios.

Pero todo parece muy actual, Neuman no incurre en el tedio, acaso en las tertulias políticas filosóficas y literarias, con la mano del siglo XX “dulcifica” las descripciones con breves trazos poéticos, usando elipsis inesperadas pero planeadas para dejar que el recuerdo de las narraciones decimonónicas obvie lo que él omite.

O pone en boca de sus personajes diálogos que no pierden su naturalidad, incorporando órdenes, vocaciones a terceros, repuestas con función de interjección que sirven como trampolín a otras disertaciones, todo sin perder la tensión narrativa.

Los personajes desde su presente dan una fugaz revisión de la historia de la Europa del XIX, diálogos que hacen guiños a la distancia temporal entre ficción y lector: “Hablo de que Europa llegue a pensar como país, como un conjunto de ciudadanos y no como una suma de socios económicos” dice uno de sus personajes.

Y abordando el XIX desnuda el ahora: “Y es imposible librarse de ellos, porque en esta ciudad los empresarios industriales, contratistas, accionistas y banqueros son todos parientes. Se huelen la entrepierna. Se casan entre sí, conviven”, dice otro personaje.

Sin embargo, la heroína, Sophie está más cercana a Sor Juana que a Bovary o la señora de Renal, una mujer hechizada por el conocimiento más que por la ilusión que intenta inocularle su entorno. Conoce las distintas máscaras que su género debe portar, excede los límites de las normas, tiene sed de conocimiento y espíritu de participación en la vida social intelectual y política. Pero conoce también los sin salidas de su género en la época que le ha tocado habitar.

El héroe es Hans, un traductor viajero jacobino y romántico que busca la disolución de las fronteras y queda atrapado un año en el pueblo, en un inicio atraído por la sabiduría de un viejo organillero, después por la “fascinante y con carácter” Sophie. Un joven que con su afición al viaje y en su búsqueda parece un beat.

Sophie y Hans comparten el desarraigo de su presente, son rebeldes constantemente al filo de cualquier idea,  poniendo el dedo sobre su condición de ficción: “podríamos habernos conocido en otro lugar. A veces imagino cómo sería vivir en otro tiempo, a lo mejor entonces todo sería más fácil para nosotros. Hans dijo: Sophie, mi vida, vendrán otros tiempos y no serán tan distintos”

Intentan el amor, la experiencia de traducir al otro como hacen con los poemas de los  libertinos franceses. Descreen de las instituciones, ven y ayudan a desmoronar a dios, pero ansían unión espiritual.

Y cerrando el triángulo amoroso, el poderoso con cachos en vísperas de matrimonio con la heroína. Así de primera vista parece predecible, pero no lo es, en parte por un narrador omnisciente que sirve como filtro, que de manera natural y discreta no deja de introducir la perspectiva presente, que toma libertades sencillas.

Ejemplo: Tras recibir y leer un billete de Sophie, Hans: “Sintió una oleada de alegría, después tuvo una erección violenta, y después se emocionó” y así con cosas sencillas como una erección el narrador pone de manifiesto en qué siglo se desarrolla su escritura.

El narrador en sus construcciones verbales jamás delata en metáforas, descripciones o sustantivos la intromisión del siglo actual, por precaución Wanderburgo ni siquiera cuenta con un telégrafo. En cambio pone en alerta y perspectiva constantemente, jugando con las semejanzas entre los entornos histórico-sociales, ironizando con la exacerbación de algunos estados sociales, tensando las normas conservadoras de la época.

Este narrador también medidamente se desvía y da voz a todos, al perro del organillero, a la precoz hija del posadero, al obrero homosexual, al asesino, a los tenientes, a párrocos.

En labor revisionista Andrés Neuman examina el siglo XIX, la historia de Europa, y por desgracia y fortuna, todo parece mimetizarse y sonar muy actual.


Óscar Muciño

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El hombre solitario como la campanada de la una
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