8 Poemas. Thomas Bernhard. (Austria)

Bernhard

Ningún árbol y ningún cielo

te consolarán,

tampoco la rueda del molino

tras el crujir de maderas de abeto,

ni un ave agonizante, ni el búho ni la enloquecida perdiz,

vasto es volver atrás,

no te protegerá ningún arbusto

contra frías estrellas

y sangrientas ramas,

ningún árbol y ningún cielo

te consolarán,

en las copas de inviernos que estallaron

crece tu muerte

con rígidos dedos

lejos de la hierba y la espesura

en las sentencias de la nieve recién caída

* * * * *

Se precipitan en los montes las estrellas la lluvia atronadora

cuando rozas los labios de mi pobreza

y bajo el campanario

en el lecho invernal de bodas

predices el tañido del reloj que se quiebra.

Las bocas se solazan en el caudal del trigo,

sin ruido fulguran los arroyos

en las voces de la noche lunar

hacia la que se alzan, desde abandonados charcos,

mares sumergidos

Esparce a las gaviotas la sal de tus ojos

Pero

abre lo que en veranos nunca respirados

sofocaste

y ven a caer en la boca de mis heridas.

 

* * * * * 

Tras el negro bosque

hago arder este fuego de mi alma

en que flamean el aliento de ciudades

y el mirlo del miedo.

Golpeo con las manos desnudas estas llamas

que levantan el aire hasta el cerebro

y en mi nombre tiemblan.

Como nube se alza mi corazón

sobre los techos

cerca de los ríos

hasta que, tardía lluvia, regreso

hondamente al otoño.

 

* * * * * 

Preguntan siempre por mí.

Ya nadie sabe dónde estoy…

y hoy les digo:

Grande es para mí el canto de los bosques,

más grande aún el coro de las ciudades,

el negro coro de estas ciudades.

Y estoy en estos bosques,

en medio del río de los años,

cientos de miles han tomado consigo

mi débil alma.

Y estoy en estas ciudades,

en el dolor de los viaductos,

en el silencio de los canales,

y estoy en mis hijos,

con las cenizas de los muertos sueño

y con la noche bebida de un trago.

* * * * * 

 Poderoso tabernáculo del viento

Poderoso tabernáculo del viento,

escritura no para morir y no para ser leída,

escritura sobre hierba y sobre lechos mortuorios,

escritura sobre mí y escritura sobre ti,

escritura de mi frialdad inescrutable,

poderoso tabernáculo del viento.

 * * * * *

 Salzburgo

Ah claras torres en el alba diáfana,

tú viento tibio, tú árbol centenario.

La cúpula va en busca del espacio;

serena, sin fatiga, sombras lanza

sobre las calles y los capiteles.

Abunda el vino nuevo en quietas plazas;

la luz del sol mil veces se arrebata

en leve resonar de clara fuente.

Mana la luz sobre las azoteas,

destella fuego, en piedra se transforma.

Bebe el cáliz del sol la ciudad entera,

se regocija allá, en las verdes frondas

y, solitaria, va ascendiendo al cielo,

música en el fragor de las palomas.

 De Poemas, 1999

En una alfombra de agua

En una alfombra de agua

bordo mis días

mis dioses y mis enfermedades.

En una alfombra de verde

bordo mi sufrimiento rojo,

mis mañanas azules

mis aldeas y panes de miel amarillos.

En una alfombra de tierra

bordo mi transitoriedad.

Bordo en ella mi noche

y mi hambre,

mi luto

y el barco de guerra de mis desesperaciones,

que se desliza por mil aguas,

hacia las aguas de la inquietud,

hacia las aguas de la inmortalidad.

 * * * * *

Los que hoy están muertos

Los que hoy están muertos vienen a banquetes

te harían echar espuma del paladar y te parecería despreciable

la tierra que no te deja sentir el vino

y el verano y la dulce carne,

ni los maravillosos sótanos de los podridos

que dan sombra enteros a sus tumbas,

como si no aullaran junto al bosque los perros guardianes.

Surgidos de refugios podridos, como de los infiernos

de los padres, enterrados e inertes por la tristeza,

gritan en la noche los miembros muertos

de los hombres, aunque sus cuerpos

se pudrieron hace tiempo de la felicidad de morir y

sin brillo, porque fueron cubiertos

por sus tratantes y apenas se llenaron de  mar y de infamias.

Cómo cayeron las piedras sobre sus brazos,

que vivían por el júbilo y la alegría y querían

jarras llenas en los banquetes de los difuntos… Música de los esqueletos radiantes

y hambre de lo efímero los empujó por los oscuros pasillos como un ejército

de veranos desmoronados y en los valles se oían ruidos

de guerreros mudos, muertos por una piedra, un pene o una puta.

Los pasillos son tan profundos que no puedes atravesarlos

ni destruirlos con las carcajadas

de los príncipes y parturientas de la tierra,

y sus muslos resuenan como música en los establos miserables,

que llevan al encuentro de tu tormento la cólera sorda de los animales.

Tracición, traición, o transitoriedad amarga

de la primavera tras los cascos grises y gastados

y ningún retoño de las tinieblas te lleva sobre las montañas.

Los he visto en invierno, y todavía hoy los veo,

llevando en sus pies impregnados de melancolía y negras preocupaciones,

bajar a las ciudades, los lugares desgarrados sobre los que

pasa un viento de verano con su pureza, hacia valles enfermos, que extienden

al cielo su césped húmedo, hacia el mundo, hacia puertos, tinieblas, campos cuyas semillas

apestan por los cielos vomitados del hombre; instantes

como musgo que, bajo la luna, vuelve al olvido, a la jornada de algún albañil o alfarero.

De islas no hablaba nadie en la noche y nadie pagaba

cuando los posaderos imponían su tocino, las poesías

de la restauración, acumuladas sobre el río y oliendo

por la mucha miel y la mucha hambre de la tierra soñada, en un mundo que

sólo se asemejaba al tuyo en las entrañas; no hablaban

de cientos de casas, tumbas, colinas, puentes que eran

tu tristeza, ni de la belleza… pero todos se jactaban,

y sus sienes se hundían sin cesar y sin paz

en el olvido, en excrementos, y un agua, negra, que a nadie gustaba.

De Así en la tierra como en el infierno, 1957

Traducción: Miguel Sáenz

Fuentes:

http://www.cubaliteraria.cu/articulo.php?idarticulo=14445&idseccion=55

http://juannicho.wordpress.com/2011/04/16/dos-poemas-del-primer-libro-de-un-thomas-bernhard-con-26-anos/

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El hombre solitario como la campanada de la una
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