Amados transformadores de corriente (2010). Rafael Espinosa (Perú, 1962)

En la mañana soy refractario

a la música de las esferas.

Apenas puedo soportar la banda sonora

de los muertos con los cuales estuve

renovando durante la noche viejas manías

que en su momento nos separaron y ahora nos unen

como si nuestros defectos formaran

hits sentimentales.

Cuando despierto, en realidad, mi mente

es un rifle de repetición —Sólo son los

objetivos lo que me falta:

una pena definida, un stock de pasiones exánimes

con el cual pueda construir al menos un dilema.

Solo por disparar, invento mi doble

y para asesinarlo le apunto mis conceptos balísticos;

el doble que fui en un cíclico marzo

y el doble que nunca seré en el sueño

de una Vía Láctea comunista.

Como patos silvestres, se desploman ellos, gondoleros de su cuarta dimensión.

Así mi mañana es un campo de tiro

y mi puntería convertir la futilidad

en una leve violencia,

todo por convencerme que siento.

En la mañana no escucho los himnos

de la naturaleza a la paz y las faenas;

afuera, su música vale menos que un foco ahorrador.

No escucho a las aves

correr su programa de canto.

Aun así, me gustaría ser una radio

democratizando una impresión inalienable

por encima del espacio y el tiempo

entre todos los que la escuchan

y a la misma vez despreocupada

del city tour que efectúa en sus corazones.

Lo de la radio es sonar y ocupar,

no segregar; lo contrario

de lo que hacen los Gerentes de Contrataciones.

Aprendería insistencia y conformidad

y al expandirme por igual entre

aire limpio y smog llegaría

más allá de mi deseo. Sería noble,

sería pobre, envuelto en la túnica

de monje de las ondas hertzianas

exhalaría desprendimiento y gratitud

en mis canciones sexuales.

¿Qué hace una radio sino copular

acoplando con su acústica general cuerpos

que de otra manera no encajarían del todo

en el flamante televisor plasma de su instante

en la historia?

Devuelve, al proseguir,

a algo que va a morir

su infinita novedad. Porque practica

la zoofilia entrelaza a personas y gatos y perros

con el pene color grosella

en un esplendor profano, la

delectación parca de la vida.

Es rotunda y es amorfa,

mutante en cada inicio de canción.

No es un pasatiempo: es participativa

como el diálogo del taxista con su parlantes.

Me gustaría ser una radio.

En cambio, yo escucho

comerciales cósmicos de café instantáneo

y llamados a canjear la tristeza

por cerveza, tanto que no distingo

si el ventrílocuo soy yo

en mis pensamientos más dolientes

o una maligna máquina expendedora

oculta en el cielo.

Cielo insidioso de Lima,

sin piedad siquiera para los que le hemos

cancelado todos nuestros sueños;

ni gris ni blanco, no puede

decir una verdad si no es como parte de una intriga.

Es espantoso mirarlo

y saber que tras su cacofónica niebla

no esconde estrellas ni lagos aéreos

sino las conversaciones privadas

de la Célula Parlamentaria Aprista.

Nuestro cielo es entonces un audio

y lo que lo escucho, un robot

de gaviota negociando la suerte de los hombres,

incluso mi propio amor por las aves.

Es como si un cangrejo que hubiera

tomado por mi casa mi oído

fuera lo único que conservara

de haber pasado mi vida entera en los barrios

junto al mar. Y su sonido de bulldozer

no me deja escuchar las olas, infatigables

en regalar temas favoritos. Y su ronquera

de agitador contratado no me deja recordar.

******************

 

Es paja salir de la casa de la madre

entre los trajes folklóricos

de las buganvilias

y ver el parque surcado

como un aburrido imperio

por flotas de bicicletas y balones.

Adentro, al lamentar el fin prematuro

del verano, comprobamos que nosotros mismos

ya estábamos muertos, y pese a ello ahora

puedo mirar las casas-buque

y prender un cigarrillo.

Es cool, estando muertos, saber

meter los cambios con propiedad y acelerar el coche

a fondo hasta parecer un ovni conduciéndonos

hacia goces renovados.

Pero qué estoy diciendo. Un ovni

hiperkinético siempre conduce

hacia una foto trucada. ¿O

precisamente eso es lo que quiso

decir visitar a mi madre,

cuando repasamos en la sala todas

las formas en que las vidas se arruinan

igual que arqueólogos emotivos?

Tal vez quiso decir que debía

hacer del desposeimiento una alabanza,

del bloqueo del futuro, ímpetu

y agradecimiento;

una pura fuerza hidráulica.

No sé. Estoy confundido. Una madre

es un crucigrama. Existe, se muere

y vuelve a existir con la apariencia

de una frase que no podemos contemplar. Nos acaricia

la cabellera por cinco siglos enteros

y un buen día nos deja a nuestro albedrío

frente a los ojos poligonales de los jefes.

Otro domingo de verano, como este, nos deja libres frente al parque,

extraños, con una respiración branquial.

Estoy aturdido, frente

al cemento humano. Pero desprovisto

del talento para convertir

mi perplejidad en un arte de amar.

Me doy cuenta de que amar es lo más distinto

posible del modo en que funciona

una rutina de gimnasia olímpica.

No se trata de armonía —eso

sería bienestar, resolana y ropa fresca— sino

de un desajuste, de una falta

de aptitud para fijar grados correctos

y de nubes y de ojos que debido a ellas cambian de colores.

Debe incluir, aunque revestido

en acrílico brillante. Así

el cello que el grillo obsequia a todos

en la noche es un raspón de los élitros, casi una

herida en su cuerpo. Y el chirrido

no calla, está aquí y está allá, tanto

que su diseminación resulta inextensa.

Tal vez el grillo dice que amar, más que amar,

es perseguir.

Perseguir lo que ya está acá;

un barrendero en la cuadra

en su rastro de contingencia.

La contingencia es un área de bosque

protegida, digamos su enigma,

y aunque podamos conversarle

e invitarle un cigarro, lo vuelve

inabarcable y remoto. “Caminado rema”.

******************

Nuestros corazones solo podían

capturar destellos: eran una bola

de espejos proyectando éxtasis e indistinción

a través de la pista de baile,

iluminando solo fracciones de amor.

Era ya muy tarde, las discotecas habían cerrado.

Espío sus baños. En la ensenada autista

de los lavatorios quedaría encerrado por siempre

el estupor de los que se fueron.

La persistente angustia de tornar

cada fragmento en una comunidad entera

de sentimientos nos hacía

según algunos que nos querían, pandilleros

del egoísmo. Al ver el mar

con lentes 3D, al ver el cielo todavía

cruzado por las llamadas de larga distancia

de los que se echan de menos, a decir

de ellos, únicamente nos mirábamos

a nosotros mismos. Tal vez tuvieran

razón si nomás en los testículos

platónicos conteníamos un universo

de cuerpos perfectos de jóvenes.

Como sea, la intención de hablar un lenguaje

verdadero al parecer nos hacía

mejores compañeros de las dunas

y los espigones que de las personas,

incluso y sobre todo las que más queríamos,

a las que a veces vimos como chiffon

metalizado, así de hermosos.

El asunto era grave, y no lo resolverían

dinero en cash ni envíos por courier;

ni siquiera un sexo tan epifánico

como el de los ofidios. Marvin

lo tuvo con Anna y después con la niña

Janis, y yo con Malvina y antes

María Elena, y no por eso impedimos

que funcionara la comprensora industrial

de los problemas, de las penas;

hasta de las cuentas.

La empaquetadora era infalible.

Aprovechaba nuestras diferencias

y las devolvía como Ziplocs de malentendidos

y rencores. Era triste,

muy triste, súper-triste, híper-triste,

archi-triste. Era triste,

la mariposa monarca lloraba

desde las brácteas escarlatas de la euphorbia,

no nos podía comprender.

Una máquina era superior a nosotros,

nos suplantaba escupiendo

palabras informatizadas,

casetas de pensamiento mandadas

a prefabicar por los árboles de la época.

******************

Hablo con mi hijo dormido.

Sabio como todos los bebés, me mordiste

en la mejilla apenas te brotaron

los incisivos para decirme

que un hijo no aguarda ninguna respuesta

de un padre. En días que resplandecen

mucho el hipotálamo o el sol

esa hendidura brilla como un retazo

de Nomex. Me recuerda que ni incluso

mi muerte te aclarará lo que el mundo

foliar solo distribuye en luz y sombra.

A pesar de todo, hoy dos avispas

volando tan juntas como si estuviesen

bailando perreo me pidieron comunicarte

un consejo. Hablo dormido, escapado

del ego del tiempo, donde yo puedo ser

tu hijo y una luna tierna nuestra madre.

Gusta del océano. Si lo contemplas

verás no solo un esquema visual, sino

el trance en que la vista se torna

en consentimiento, consentimiento

hasta de morir. Si lo escuchas

conocerás un murmullo melodioso

en el callar, de donde nace el regalo

de hablar. Si corres una ola

y afrontas su abismo,

sabrás del desamparo del alma pero el reinado del cuerpo.

Gusta de los mercados. E inclusive

de los supermercados. No tanto porque

el tránsito siempre es deleitoso

y visto desde una toma aérea parecería

un ritualístico pasacalle.

Ni siquiera por las caras tan diferentes

de los compradores, en las que un único

acto de comprar no produce dos gestos

iguales. Ni tampoco porque entre aquellos

que compran alguien halla algo que pasará

del consumo al corazón. Gusta de ellos

pues se compra verdura para seguir vivos, hoy.

Gusta de las calles desiertas. Resuelven

ontológicamente la oposición

campo/ciudad. Traen el campo a la ciudad

y la ciudad, de pronto ante un sembrío,

derrama un champú de movilidad donde

el buey de la labranza, reflexivo, defeca

desde hace un milenio; mierda filosófica

que huele bien por añadidura.

Campo intensificado, ciudad florida

donde en cualquier esquina calma surge

de golpe la sorpresa, una chica con dreadlocks.

El molle, abundante en la urbe

y en los cultivos, es el intermediario.

Es lo que el sistema nervioso puede tolerar.

Gusta del carretillero.

Gusta del skimboard.

Gusta del colibrí andino.

Gusta de las rocas fluviales.

Gusta de los DVD piratas.

Gusta de los CD piratas

Gusta de Marvin, mi amigo.

Gusta de la soledad.

Gusta sobre todo de aquel goce que no puedes tolerar.

Y

Detesta a los apristas aunque digan

no pactar con los fujimoristas

y a los fujimoristas aunque digan

tener dirigente de pasado izquierdista.

Ellos únicamente han visto el mar

para prometer colectores o

construir cadenas hoteleras,

arrojar al desagüe condones.

Cebiche, pisco y caballos

de paso para lotizarlo como

un tugurizado mercado de abarrotes.

Y después de odiarlos, olvídalos.

Sé noble porque miras las olas.

******************

Es una bella imagen.

Sostenerla es un modo

de pedirle perdón.

Quiero ir a describírsela

a mi madre si resisto

la liposucción de mis pensamientos.

Un pájaro carpintero, fanático

de la muerte como el chairman de un laboratorio,

ha picoteado por excesivo

tiempo mis nervios craneales; ahora

todos mis recuerdos usan sus colores

de coleópteros y flores solo

para construir las imágenes

de un suicidio on-line.

Mi hijo no querría nunca verlo;

si algo muere, él nada más percibe

cómo termina fundido en el aire

donde unos sudan, otros sudan y sueñan.

Tal vez esa sea el único

video que yo le pueda

regalar a mi madre. La muerte

ya es nuestra madre. Mi auto

conoce el camino.

Como un colibrí con parachoques

atravieso la red cosmogónica

del parque. La luz del ocaso

es la más dorada. El grass

reescribe sus memorias. Voy

a visitar a mi madre.

Tomados de:

Espinosa, Rafael (2010). Amados transformadores de corriente. Lima, Perú: Sputnik.

Anuncios

Acerca de TheSolipsta

El hombre solitario como la campanada de la una
Esta entrada fue publicada en Selección. Resto del Mundo. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s