XIX Sonetos. Lope de Vega (1562 – 1635)

I

Cuando imagino de mis breves días

los muchos que el tirano amor me debe

y en mi cabello anticipar la nieve

más que en los años las tristezas mías,

veo que son sus falsas alegrías

veneno que en cristal la razón bebe

por quien el apetito se le atreve

vestido de mis dulces fantasías.

¿Qué hierbas del olvido ha dado el gusto

a la razón, que sin hacer su oficio

quiere contra razón satisfacelle?

Mas consolarse quiere mi disgusto,

que es el deseo del remedio indicio,

y el remedio de amor, querer vencelle.

II

Cuando pensé que mi tormento esquivo

hiciera fin, comienza mi tormento ,

y allí donde pensé tener contento,

allí sin él desesperado vivo.

Donde enviaba por el verde olivo,

me trujo sangre el triste pensamiento;

los bienes que pensé gozar de asiento

huyeron más que el aire fugitivo.

Cuitado yo, que la energía mía

ya de tibieza en hielo se deshace,

ya de mi fuego se consume y arde.

Yo he de morir y ya se acerca el día,

que el mal en mi salud su curso hace,

y cuando llega el bien, es poco y tarde.

III

Si culpa, el concebir; nacer tormento;

guerra, vivir; la muerte, fin humano;

si después de hombre, tierra y vil gusano;

y después de gusano, polvo y viento;

si viento, nada, y nada el fundamento;

flor, la hermosura; la ambición, tirano;

la fama y gloria, pensamiento vano,

y vano, en cuanto piensa el pensamiento,

¿quién anda en este mar para anegarse?

¿De qué sirve en quimeras consumirse

ni pensar otra cosa que salvarse?

¿De qué sirve estimarse y preferirse,

buscando memoria habiendo de olvidarse,

y edificar habiendo de partirse?

IV

Que otras veces amé negar no puedo,

pero entonces amor tomó conmigo

la espada negra como diestro amigo,

señalando los golpes en el miedo.

Mas esta vez que batallando quedo,

blanca la espada y cierto el enemigo,

no os espantéis que llore su castigo,

pues al pasado amor amando excedo.

Cuando con armas falsas esgrimía,

de las heridas traje en el vestido,

sin tocarme en el pecho, las señales;

mas en el alma ya, Lucinda mía,

donde mortales en dolor han sido

y en el remedio heridas inmortales

V

Ir y quedarse y, con quedar, partirse,

partir sin alma y ir con alma ajena,

oír la dulce voz de una sirena

y no poder del árbol desasirse

arder como la vela y consumirse,

haciendo torres sobre tierna arena;

caer de un cielo y ser demonio en pena

y de serlo jamás arrepentirse;

hablar entre las mudas soledades,

pedir prestada, sobre fe, paciencia,

y lo que es temporal llamar eterno;

creer sospechas y negar verdades,

es lo que llaman en el mundo ausencia,

fuego en el alma y en la vida infierno.

VI

Quiero escribir, y el llanto no me deja;

pruebo a llorar, y no descanso tanto;

vuelvo a tomar la pluma, y vuelve el llanto:

todo me impide el bien, todo me aqueja.

Si el llanto dura, el alma se me queja;

si el escribir, mis ojos; y si en tanto

por muerte, o por consuelo, me levanto,

de entrambos la esperanza se me aleja

Ve blanco, al fin, papel, y a quien penetra

el centro deste pecho que me enciende

le di, si en tanto bien pudieres verte,

que haga de mis lágrimas la letra,

pues ya que no lo siente, bien entiende:

que cuanto escribo y lloro todo es muerte.

VII

Lucinda, yo me siento arder, y sigo

el sol que de este incendio causa el daño;

que porque no me encuentre el desengaño,

tengo el engaño por eterno amigo.

Siento el error, no siento lo que digo,

a mí yo propio me parezco extraño;

pasan mis años, sin que llegue un año

que esté seguro yo de mí conmigo.

¡Oh dura ley de amor! Que todos huyen

la causa de su mal, y yo la espero

siempre en mi margen, como humilde río.

Pero si las estrellas daño influyen,

y con las de tus ojos nací y muero,

¿cómo las venceré sin albedrío?

VIII

Tristezas, si el hacerme compañía

es fuerza de mi estrella y su aspereza,

vendréis a ser en mí naturaleza,

y perderá su fin vuestra porfía

Si gozar no merecen de alegría

aquellos que no saben qué es tristeza,

¿cuándo se mudará vuestra firmeza?

¿Cuándo veré de mi descanso el día?

Sola una gloria os hallo conocida:

que si es el fin el triste sentimiento

de las alegres horas desta vida,

vosotras le tendréis en el contento;

mas, ¡ay!, que llegaréis a la partida,

y llevaráse mi esperanza el viento.

IX

Cayó la torre que en el viento hacían

mis altos pensamientos castigados,

que yacen por el suelo derribados,

cuando con sus extremos competían.

Atrevidos, al sol llegar querían

y morir en sus rayos abrasados,

de cuya luz, contentos y engañados,

como la ciega mariposa, ardían.

¡Oh, siempre aborrecido desengaño,

amado al procurarte, odioso al verte,

que en lugar de sanar, abres la herida!

Pluguiera a Dios duraras, dulce engaño:

que si ha de dar un desengaño muerte,

mejor es un engaño que da vida

X

Amor, mil años ha que me has jurado

pagarme aquella deuda en plazos breves;

mira que nunca pagas lo que debes

que esto sólo no tienes de hombre honrado.

Muchas veces, Amor, me has engañado

con firmas falsas y esperanzas leves;

a estelionatos con mi fe te atreves,

jurando darme lo que tienes dado.

Hoy que llega mi vida al plazo estrecho,

si en palabras me traes y en engaños,

que te echaré en la cárcel no lo dudo.

Mas ¿cómo pagarás, Amor, si has hecho

pleito de acreedores por mil años

y en buscando tu hacienda estás desnudo?

XI

Desmayarse, atreverse, estar furioso,

áspero, tierno, liberal, esquivo,

alentado, mortal, difunto, vivo,

leal, traidor, cobarde y animoso;

no hallar fuera del bien centro y reposo,

mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,

enojado, valiente, fugitivo,

satisfecho, ofendido, receloso;

huir el rostro al claro desengaño,

beber veneno por licor süave,

olvidar el provecho, amar el daño;

creer que un cielo en un infierno cabe,

dar la vida y el alma a un desengaño:

esto es amor: quien lo probó lo sabe.

XII

Rota barquilla mía, que (arrojada

de tanta envidia y amistad fingida,

de mi paciencia por el mal regida

con remos de mi pluma y de mi espada,

una sin corte y otra mal cortada)

conservaste las fuerzas de la vida,

entre los puertos del favor rompida

y entre las esperanzas quebrantada;

sigue tu estrella en tantos desengaños;

que quien no los creyó sin duda es loco,

ni hay enemigo vil ni amigo cierto.

Pues has pasado los mejores años,

ya para lo que queda, pues es poco,

ni temas a la mar ni esperes puerto.

XIII

Esto de imaginar si está en su casa,

si salió, si la hablaron, si fue vista;

temer que se componga, adorne y vista,

andar siempre mirando lo que pasa;

temblor del otro que de amor se abrasa

y con hacienda y alma la conquista,

querer que al oro y al amor resista,

morirme si se ausenta o si se casa;

celar todo galán rico y mancebo,

pensar que piensa en otro si en mí piensa,

rondar la noche y contemplar el día,

obliga, Marcio, a enamorar de nuevo;

pero saber cómo pasó la ofensa,

no sólo desobliga, mas enfría.

XIV

Si verse aborrecido el que era amado

es de amor la postrera desventura,

¿qué espera en vos, señora, qué procura

el que cayó de tan dichoso estado?

En vano enciendo vuestro pecho helado,

pues lo que ahora con violencia dura

ya no es amor, es natural blandura,

con tibio gusto de un amor forzado.

Cuando vos me seguisteis iba huyendo:

huís ahora vos cuando yo os sigo;

si es amor, yo le tengo y no le entiendo.

Ya huyo, como esclavo, del castigo;

guardaos, que ya me voy, y al fin partiendo,

no sé qué haré de vos, pues vais conmigo.

XV

Suelta mi manso, mayoral extraño,

pues otro tienes de tu igual decoro;

deja la prenda que en el alma adoro,

perdida por tu bien y por mi daño.

Ponle su esquila de labrado estaño,

y no le engañen tus collares de oro;

toma en albricias este blanco toro,

que a las primeras hierbas cumple un año.

Si pides señas, tiene el vellocino

pardo encrespado, y los ojuelos tiene

como durmiendo en regalado sueño.

Si piensas que no soy su dueño, Alcino,

suelta, y verásle si a mi choza viene:

que aún tienen sal las manos de su dueño.

XVI

Querido manso mío que venistes

por sal mil veces junto aquella roca,

y en mi grosera mano vuestra boca

y vuestra lengua de clavel pusistes,

¿por qué montañas ásperas subistes

que tal selvatiquez el alma os toca?

¿Qué furia os hizo condición tan loca

que la memoria y la razón perdistes?

Paced la anacardina porque os vuelva

de ese cruel y interesable sueño

y no bebáis del agua del olvido.

Aquí está vuestra vega, monte y selva;

yo soy vuestro pastor y vos mi dueño;

vos mi ganado, y yo vuestro perdido.

XVII

Si palabras son viento; si declara

cuanto el humano proceder previene,

que de tan fácil fundamento viene

desde la abarca a la mayor tiara;

si cuanto del poder mortal se ampara

es viento que las vidas entretiene;

si cuanto aquí esta máquina contiene

es viento, en viento vive, en viento para;

el viento viene a ser de grande estima,

porque si el oro y el mayor contento,

la fama y gloria que la vida anima,

tienen en sólo el viento el fundamento,

y es todo viento cuanto el mundo estima,

lo más precioso viene a ser el viento.

XVIII

Sueño que fuiste como dulce empeño,

de los cuidados que tu sombra asiste,

¿cómo para cuidados, sueño triste,

si nunca diste a los cuidados sueño?

Tú, que de cuanto vive, fácil dueño,

las mayores tristezas suspendiste,

¿por qué me dejas desvelar al triste

sin ver mis ojos tu sabroso ceño?

¡Oh, muerte mentirosa en perezosos

y muerte verdadera en desvelados!;

bien podemos llamarte los quejosos

amigo falso que huye en los cuidados,

pues te vas a dormir con los dichosos

y dejas desvelar los desdichados.

XIX

Si desde que nací, cuanto he pensado,

cuanto he solicitado y pretendido

ha sido vanidad, y sombra ha sido,

de locas esperanzas engañado;

si no tengo de todo lo pasado

presente más que el tiempo que he perdido,

vanamente he cansado mi sentido,

y torres en el viento fabricado.

¡Cuán engañada el alma presumía

que su capacidad pudiera hartarse

con lo que el bien mortal le prometía!

Era su esfera Dios para quietarse,

y como fuera dél lo pretendía,

no pudo hasta tenerle sosegarse.

Tomados de:

Lope de Vega. (1991). Obras selectas. Tomo II. México: Aguilar.

——————. (2001). Lírica. Madrid, España: Castalia.

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El hombre solitario como la campanada de la una
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