Un beso en la boca en Bombassa. Etgar Keret (Israel, 1967)

De repente me he puesto muy nervioso. Pero ella me ha tranquilizado enseguida diciéndome que no tengo por qué. Que se casará conmigo y que si para mis padres es muy importante, con banquete y todo. Eso no es lo importante. Lo importante ocurrió en otro sitio, hace tres años, en Bombassa, cuando ella y Lihi se fueron para allá para celebrar que habían terminado el servicio militar. Se fueron las dos solas, porque el chico que entonces era su novio acababa de firmar permanencia en el ejército. Tenía algún cargo de técnico en aviación. En Bombassa vivieron todo el tiempo en el mismo sitio, una especie de albergue en el que había muchos jóvenes, sobre todo de Europa. Lihi no quería que se fueran de allí porque se había enamorado de cierto alemán que vivía en una de las cabañas. Y la verdad es que a ella tampoco le importaba quedarse porque disfrutaba mucho de la tranquilidad que allí había. Y es que a pesar de que aquel albergue estaba a rebosar de drogas y de hormonas, nadie la molestaba. Seguro que se había dado cuenta de que lo que ella quería era estar tranquila. Nadie la molestaba, excepto un holandés que había llegado un día después de ella y que se quedó hasta que se fueron. Aunque tampoco es que pueda decirse que él la molestara precisamente, porque sólo la miraba y la miraba. Pero a ella no le importaba. El chico parecía de lo más normal, un poco triste, eso sí, pero el tipo de triste que no se queja. Tres meses permanecieron en Bombassa y ella no lo oyó decir ni una sola palabra. Excepto una vez, una semana antes de que regresaran, e incluso entonces le habló con tanta delicadeza, sin la más mínima intención de molestarla, que fue como si no le hubieran dicho nada. Ella le explicó que lo que le proponía no era de lo más adecuado, le habló del novio que tenía en el ejército, de que se conocían en el instituto. Y él se limitó a sonreír y a asentir con la cabeza antes de volverse a su rincón fijo en las escaleras de la cabaña. Ya no habló más con ella, pero la seguía mirando. Aunque en realidad, ahora que lo recordaba sí habló con ella otra vez, el día que cogió el avión, y lo que le dijo fue lo más cómico que jamás había oído. Algo así como que entre todas las posibles parejas del mundo hay un beso. Lo que en realidad intentaba decirle es que llevaba tres meses mirándola y pensando en el beso de ellos dos: qué sabor tendría, cuánto duraría, cómo lo sentirían. Y ahora resultaba que ella se marchaba, que tenía novio y todo eso; y él lo entendía perfectamente, pero sólo era lo del mentado beso: le gustaría saber si ella estaría dispuesta dárselo. Resultaba bastante cómica su manera de hablar todo confuso, quizá porque no sabía muy bien inglés o puede que porque no fuera muy parlanchín. El caso es que ella aceptó. Se besaron. Y después la verdad es que él no intentó nada más y ella volvió a Israel con Lihi. Su novio fue al aeropuerto con el uniforme militar para recogerlas en su Renault. Hasta se fueron a vivir juntos, y para variar un poco introdujeron algunas novedades en su vida sexual. Al final se separaron y cuando empezó a estudiar me conoció a mí. Y resulta que dentro de poco nos vamos a casar. No ve ningún problema en ello.

Me ha dicho que escoja el restaurante, la fecha y lo que quiera porque a ella no es que le importe mucho. Ésa no es la cuestión. Ni tampoco lo es el holandés ese, del que no tengo por qué tenerle celos. Seguro ya se ha muerto de una sobredosis, que está tirado todo borracho en cualquiera acera de Ámsterdam o que ha hecho un posgrado en algo, lo cual suena todavía mucho peor. En todo caso no se trata de él, sino de ese tiempo en Bombassa. Tener durante tres meses a alguien mirándote, imaginando un beso.

Tomado de:

Keret, Etgar. (2010).Un hombre sin cabeza. México: Sexto Piso. p.21-22

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El hombre solitario como la campanada de la una
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