8 Poemas. Jaime Jaramillo Escobar (Colombia, 1935)

Conversación con W. W.

El sapo es una obra maestra de Dios.

Walt Whitman

Viejo, no te burles,

que Dios hizo lo que pudo.

Además el sapo no es la medida de Dios, evidentemente,

pues el elefante es un monstruo más grande con su larga nariz,

y el hombre un monstruo todavía más grande, portador a dos manos de su alto falo,

de cuya punta beben las jirafas del crimen,

y quien, no contento con su estatura,

ha levantado estatuas suyas gigantescas sobre altísimos pedestales,

pero entonces se han levantado también estatuas a Dios igualmente altas y arrogantes,

ya que Él no quiere ser menos que el hombre.

¿Y has visto en cambio a los sapos u otros animales

levantándose a sí mismos monumento alguno o siquiera una tumba?

Sólo tienen estatuas los animales que el hombre ha tomado por compañeros, como el caballo, y eso porque aparece montado encima de él para hacer más alto su pedestal; y el perro por la compensación sexual que hay entre los tres: Dios, perro y hombre.

Y las figuras de águilas y de leones porque el hombre siempre ha aspirado a ser un animal feroz y de rapiña;

eso, claro, lo sabemos,

pero la hormiga no reconocería un monumento a su laboriosidad,

ni la abeja un monumento a la hormiga,

y menos la rana: no la nombres,

la pobre rana que se pasa gritando en las lagunas para decir que está allí,

igual que tú,

y que Dios, que es el que más grita.

Pobrecito Dios, ¡y tú burlándote!

Si creo a los poetas, ¿por qué no podía crear también la rana?

¿No creó la tortuga?

¿y al armadillo que es una tortuga torturada?

¿Es que Dios no creó sino sólo monstruos?

¿Y qué otra cosa podía hacer?

Dices que tu amante no es un monstruo, pero yo le veo diez uñas afiladas,

y un pene como una sanguijuela pegado a ti toda la noche;

no charles, Walt,

tómate esa cerveza sin mojarte la barba,

viejo marrullero,

andando empelotado por las calles de Manhattan delante de los aprendices

durante un sueño que tuviste una noche cuando te acostaste un poco ebrio.

¿Conque la rana es una obra maestra de Dios, no?

¡Entonces yo también!

Y si yo soy una obra maestra de Dios entonces Dios tiene que ser muy pequeño,

un artista muy malo, francamente.

 

 

La llaga incurable

El día es infinito

W. Goethe

Hay un animal que tiene que estar siempre con el día. Si lo alcanza la noche, muere.

Este animal corre con el sol, para él es siempre medio día y no conoce la oscuridad.

Le da la vuelta a la tierra con el sol; corre, vuela, nada; está hecho así a su necesidad de luz.

Atraviesa las selvas, las montañas, los mares, siempre con el sol.

En las islas es fácil verlo cuando pasa siguiendo al día. Va siempre debajo del sol.

En el último eclipse se precipitó en el mar como un paracaídas del sol. Estuvo a punto de morir.

Asimismo hay otro animal que tiene que estar siempre con la noche. El día no le puede tocar la punta de la cola, porque muere.

Este animal va siguiendo la noche, por continentes, islas y mares; pero no es fácil verlo. Sólo una vez estuvo a punto de ser atrapado sobre el Océano Indico.

No conoce el día y si por algún acaso se llegara a encontrar con el animal que va siguiendo al día, la pelea de ambos levantaría olas de cien metros en la mar, y trombas capaces de derribar un navío.

Cuando niño, solía yo quedarme despierto toda la noche en el zaguán esperando que pasara este animal para verlo, pero quizás no pasaba por mi aldea.

Yo pensaba que él comería estrellas, pues ¿quién no sabe que las estrellas suben y bajan? Pero tal vez no se alimentara más que de luciérnagas.

Este animal no tiene un nombre fijo porque en cada país lo llaman de un modo distinto. Nunca quiere salir de las tinieblas, y si el dedo de la luz lo toca en la espalda le abre una llaga incurable.

 

El canto de Caín

A través de la ventana escucho un canto profundo y desgarrador: seguramente mi hermano Caín está cerca.

Yo quisiera cantar como él, pero el extraño Señor del Paraíso sólo puso oraciones en mi lengua,

y el humo de los sacrificios de Abel el escogido sube derecho al cielo,

aunque la ofrenda sea de cabritos muertos por la luna o de frutos mordidos por la nieve.

Mi hermano Caín me escribió una carta en donde habla de la dulce lengua de la serpiente en el fondo de su garganta,

pero el guardián de las llaves de la escalera secreta permanece a discreción día y noche junto a la reja, y estoy rodeado de querubines y serpientes.

Mi hermano Caín, perfumado con humo de locomotora, me llama a través de la noche,

mientras al fondo del paraíso se alza una gran luna roja y peluda.

El día del fin del mundo yo quiero resucitar en bicicleta, con mis jeans y mi chaqueta de asaltos.

Desenrollaré mi navaja automática para ocultar mi timidez, y con mi actitud característica me le pondré de pechos a la tarde.

Y si no pasa nada me asaltaré yo mismo en cualquier calle, pues no puedo vivir de otra manera.

Después me echaré como una gran oreja debajo del cielo estrellado para oír blasfemar a Dios.

Y esperaré que al amanecer una gota de rocío venga a hacerme el amor.

Problemas de la estética contemporánea

La magnitud de la humanidad pesa sobre cada uno de nosotros, y sentimos profundamente a los antípodas pateando sobre nuestro corazón.

De modo que no es extraño que andemos como unos cristos abofeteados en busca de una cruz para apoyarnos.

Habiendo subido a lo alto de una colina una noche, ante mí se extendía la ciudad como una piel de tigre.

Y en el licor de las copas cintilaban las lucecillas de tres almas.

La última era la mía, alma siempre sobrante y solitaria.

Por el aire volaban dentelladas y entonces apareció el Diablo y me dijo: –”Te lo daría todo si postrado me adoraras”.

Ser el dueño del mundo es lo mismo que no tener nada, pues el error existe en todo y siempre nos engañan.

Mis jeans y mi chaqueta no se pueden cambiar por un edificio de cinco pisos ni por un puesto en las oficinas del Gobierno.

Prefiero andar derrotado por los alrededores de talleres de mecánica y cobertizos de carros.

Allí todos tratan de poner en sus vidas las mejores cosas que pueden, y así recogen una flor, una novia y un espejo.

Este esfuerzo colectivo me enternece y de pronto, sin darme cuenta, le sonrío a la gente como un perro.

Una mañana andaba un hombre desnudo por las calles de la ciudad.

La policía lo metió a la cárcel pocas horas después, como a todo hombre que intenta ser feliz.

Porque todo lo que no está dentro de la Ley está fuera de ella.

Y dentro de la Ley no puede haber un hombre desnudo porque la Ley es hecha por los representantes de los propietarios de las fábricas de tejidos.

Como tampoco puede haber un hombre con hambre, porque el hambre del pobre es resbalosa.

A la puerta de un pequeño restaurante donde entré un día se paró un hombre hirsuto que después de mirar se fue diciendo:

–”¿Conque comiendo, eh? ¡Me alegro, me alegro!”

Y su risa cayó sobre la sopa como una araña negra.

El fabricante de rosquillas puede al menos comérselas, pero el que sólo sabe hacer poemas, ¿qué comerá?

Si una pregunta no tiene respuesta lo mejor es cambiar de pregunta y de problema.

Para eso hay petulantes que nos dicen:

–“¡Dedícate a la estética!”.

 

La búsqueda

El enamorado busca su amor aún allí en donde sabe que no está,

como el aventurero busca su tesoro

aún allí en donde no se encuentra,

y así como el hombre busca a Dios en toda parte y lugar sin hallarlo nunca,

aun apostado esperando en los huecos de la esquina de la sala, por donde salen los ratones,

y muere con la sonrisa de quien no

encontró nada pero buscó mucho,

hasta morirse.

Así yo he venido hoy domingo y te espero sentado en un pedazo de sol.

Días y noches de búsqueda por los más ignorados lugares,

preguntando en altas casas desde cuyos umbrales se divisa a lo lejos la ciudad entre la bruma,

con el objeto de obtener un dato, una pista para seguir tu rastro y dar con el lugar de tu paradero,

oh tú, por quien el pastor daría sus noventa y nueve ovejas restantes.

Aquí pongo a secar al sol los paños de mi angustia más íntima.

Buscadora de ausentes mi soledad quiere comerse su propio amargo vientre.

Y hoy domingo busco en tu nombre antiguo y en tus ojos asiáticos el tiempo,

mientras los siglos pasados me levantan, con peligro de Dios, en brazo inmenso.

Pero tus bellos ojos no aparecen… y me voy a cansar.

 

El deseo

Hoy tengo deseo de encontrarte en la calle,

y que nos sentemos en un café a hablar largamente de las cosas pequeñas de la vida,

a recordar de cuando tú fuiste soldado,

o de cuando yo era joven y salíamos a recorrer juntos

la ciudad, y en las afueras, sobre la yerba, nos echábamos

a mirar cómo el atardecer nos iba rodeando.

Entonces escuchábamos nuestra sangre cautelosamente y nos estábamos callados.

Luego emprendíamos el regreso y tú te despedías siempre en la misma esquina

hasta el día siguiente,

con esa despreocupación que uno quisiera tener toda la vida,

pero que sólo se da en la juventud,

cuando se duerme tranquilo en cualquier parte sin un pan entre el bolsillo,

y se tienen creencias y confianzas

así en el mundo como en uno mismo.

Y quiero además aún hablarte,

pues tú tienes dieciocho años y podríamos

divertirnos esta noche con cerveza y música,

y después yo seguir viviendo como si nada…

o asistir a la oficina y trabajar diez o doce horas,

mientras la Muerte me espera en el guardarropa para ponerme mi abrigo negro a la salida,

yo buscando la puerta de emergencia,

la escalera de incendios que conduce al infierno,

todas las salidas custodiadas por desconocidos.

Pero hoy no podré encontrarte porque tú vives en otra ciudad.

Mientras la tarde transcurre

evocaré el muro en cuyo saliente nos sentábamos

a decir las últimas palabras cada noche,

o cuando fuimos a un espectáculo de lucha libre y al salir comprendí que te amaba,

y en fin, tantas otras cosas que suceden…

 

Los huyentes

“A fin de huir; y huir y huir y huir”.

César Vallejo

Mientras la vieja Muerte, en cuclillas sentada, quema el último leño,

ellos toman la decisión de huir.

Cierran los ojos para que ningún obstáculo los detenga

y se lanzan amedrentados a través de los montes más oscuros y ariazos,

de día y de noche y no quieren saber nada más.

Son los perseguidos huyentes, acongojados.

Hasta el ruido que hace Dios degollando animales en la espesura los asusta.

En lo profundo del bosque el agua corre pura,

pero no se detienen a beber.

El alma y el agua pueden ser puras

antes de llegar a las ciudades.

Un viento fresco reina en la montaña

y vital como el pecho de un joven.

Pero ellos huyen.

Sus miembros se traban en el tropel impetuoso de la huida,

muchos se quedan enredados en girones en los árboles de hierro, el viento los desgarra,

pero no se detienen. Huyen. Huyen.

El tiempo no importa.

En medio de una gran hoguera encendida con ayuda del Diablo y de Dios

Los mancebúes deliran con sus amantes, violentos como banderas,

perros llameantes aullantes,

amantes ululantes

como fieras.

Pero ellos huyen.

Todos los colores buscan el negro.

Huyen. Huyen. Huyen.

Todo es demasiado largo para ellos.

En el brasero de la Muerte el último leño se ha apagado

en cenizas.

Pero la Muerte mete la mano en el rescoldo para calentarse.

Ellos

no tienen Muerte que los quiera.

 

Enumeración de los pasos en falso

Oigo mis pasos resonando por todos los lugares por donde he corrido:

calles de puertas cerradas, caminos de sólo árboles, y el mercado donde cada uno acaricia una zanahoria sonrojada.

Y los muertos atrincherados en sus tumbas, que me disparaban palabras obscenas en la calle del cementerio.

Y el bar donde la música hace carambolas en el salón de billares, mientras le muerdo la oreja a un pocillo que tengo acorralado entre mis dedos.

Y el andén por donde caminaba pegado a las paredes mientras llovía inconsolablemente,

yo tratando de llegar a alguna parte para escampar

la sangre de la herida que en pleno muslo

me hizo un desconocido con sus pantalones de vaquero.

Y el largo puente sobre el río Cauca, donde amé como se hace siempre en plenilunio,

a un lejano muchacho cuatro años antes de que se estrellara en su motocicleta contra un camión que transportaba carbones de la época cuaternaria.

Y yo con mi pecho debajo de mi vestido de caucho en la hondonada,

mientras el huracán arrastraba truenos y se revolcaba debajo del puente echando relámpagos por la boca.

Después comiendo helados bajo los neones, y mirando el asfalto mojado y los reflejos de la calle y de los ojos y de los vidrios y de los automóviles,

y un señor con un paraguas dándole de comer maní a un perrito de felpa que decía mamá si uno le daba cuerda con una llavecita.

Y un amor que tuve en el Polo con una foca dorada, de cuya piel un zapatero de Londres me hizo un par de zapatillas frescas quince meses después para el verano.

Más tarde me quedé dormido al pie del sicomoro donde el profeta Eliécer enterró las uñas en el mes de Adar,

y vi el pueblo desfilando con sus vestidos de colores y sus trastos y frutas en la cabeza,

pues dormir es regresar al pasado.

Y al despertar había junto a mí una mujer y la tomé y le di un hijo,

y esto también fue un paso en falso.

Y se mezclaban a diario las grandes y colectivas cosas con las pequeñas y personales, pero siempre me movía entre ellas falsamente,

recordando a mi perro cuantas veces estuve en peligro de muerte.

Actualmente tengo trescientos sesenta y cinco años, y escondo en mi barba un puñal de acero de la era atómica. Este puñal me será útil si alguien ha ocupado mi asiento numerado en el Cielo.

Jaime-Jaramillo2

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El hombre solitario como la campanada de la una
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