17 Poemas. Paul Éluard. (Francia)

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El río

El río que tengo bajo la lengua,

El agua que no se imagina, mi barquito,

Y, las cortinas bajadas, hablamos.

 

Límite

Piensa en los sufrimientos podados bajo falibles velos

En los pequeños aficionados a ríos tortuosos

A donde paseo para suicidas

Iremos sin placer

Iremos sin remar

En la garganta de las aguas.

Tendremos un barco.

 

Sin música

Los mudos son embusteros, habla.

Me irrita hablar solo

Y mi palabra

Despierta errores

Mi pequeño corazón.

 

La muerte en la conversación

¿Quién tiene vuestra cara?

La buena y la mala

La imaginable bella

Gimnástica hasta el infinito

Sobrepasando en movimientos

Los colores y los besos

Los grandes gestos de la noche.

 

Voluntariamente

Ciego torpe, estúpido e insignificante,

Hoy para olvidar,

El mes próximo para dibujar

Las esquinas, las avenidas que se pierden de vista.

Las imito para extenderme

En una larga y profunda noche de mi edad.

 

Redonda

Bajo un sol medio oculto por el paisaje

Se engaña una mujer

Roza su sombra con sus piernas

Y sólo de ella tiende las esperanzas más misteriosas

La encuentro confiada amorosa sin duda alguna

En el cruce de los caminos

En la luz en un punto disminuido

Y en movimientos imposibles

La gran puerta de la cara

Con los planos discutidos aceptados

Con emocionados pensamientos

El disimulado viaje y la llegada de reconciliación.

La gran puerta de la cara

La vista de piedras preciosas

El débil juega a ser fuerte.

 

La enamorada

Ella está de pie sobre mis párpados

Con sus cabellos en los míos,

Tiene la forma de mis manos,

Tiene el color de mis ojos,

Se ha sumergido en mi sombra

Como una piedra en el cielo.

Ella tiene los ojos siempre abiertos

Y no me deja dormir.

Sus sueños a pleno día

Evaporan los soles,

Me hacen reír, llorar y reír,

Hablar sin tener nada que decir.

 

En el baile

Pequeña mesa infantil,

hay mujeres de ojos como terrones de azúcar,

hay mujeres solemnes como los movimientos de un oculto amor,

hay mujeres de pálido rostro,

otras como el cielo a la espera del viento.

Pequeña mesa dorada de los días de fiesta,

hay mujeres de madera verde y oscura:

las que lloran,

de madera oscura y verde:

las que ríen.

Pequeña mesa demasiada baja o demasiada alta.

hay mujeres gordas

con sombras delgadas,

hay vestidos huecos,

hay vestidos áridos,

vestidos que se lleva uno a casa y el amor no deja nunca salir.

Pequeña mesa,

no me gustan las mesas en que bailo,

seguro.

 

Boca usada

La risa tenía su botella

En la boca reía la muerte

En todas las camas en las que se duerme

El cielo dormita bajo todos los cuerpos

Una clara cinta verde en la oreja

Tres colgantes una sortija de oro

Lleva ella sin esfuerzo

Una sombra a las luces semejante

Pequeña estrella de vapores

En la tarde de mares sin viajeros

Mares que el cielo cruel excava

Delicias en la mano

Más dulce polvo al fin

Las ramas perdidas bajo el moho.

 

Silencio del evangelio

Dormimos con ángeles rojos que nos enseñan el desierto sin minúsculas y sin los dulces despertares carentes de sol. Dormimos. Un ala nos rompe, evasión, tenemos ruedas más viejas que las plumas que volaron, perdidas, para explorar los cementerios de la lentitud, la única lujuria.

La botella que rodeamos con los bordes de nuestras heridas no resiste ningún deseo. Cojamos los corazones, los cerebros, los músculos de la rabia, cojamos las flores invisibles de pálidas jóvenes y de raquíticos niños, cojamos la mano de la memoria, cerremos los ojos del provenir, una teoría de árboles liberados nos golpea y nos divide, todas las partes son buenas. ¿Quién las juntará: el terror, el sufrimiento o el hastío?

Durmamos, hermanos míos. El capítulo inexplicable se ha vuelto incomprensible. Gigantes pasan exhalando sollozos como el alba quiso poner en ellos, el alba que no puede ya llorar, desde el tiempo, hermanos míos, desde el tiempo.

 

La que no tiene la palabra

Las hojas de color en los árboles nocturnos

Y la verde y azul liana que une el cielo con los árboles,

El viento con su gran rostro

Les perdona. Avalancha, a través de su cabeza transparente

La luz, nublada de insectos, vibra y muere.

Milagro desnudo, desmigajamiento, ruptura

Por un solo ser.

La más bella desconocida

Agoniza eternamente.

Estrella de su corazón en los ojos de todo el mundo.

 

Desnudez de la verdad

Lo sé bien

La desesperación no tiene alas,

El amor tampoco,

Ni rostro,

No hablan,

No me muevo,

No les miro,

No les hablo,

Pero estoy mucho más vivo que mi amor y mi desesperación.

 

Perspectiva

Un millar de salvajes

Se disponen a combatir,

Tienen armas,

Tienen su corazón, valiente corazón,

Y se alinean con lentitud

Ante un millar de árboles verdes

Que, sin parecerlo,

Guardan aún su follaje.

 

Tu fe

¿Soy otra cosa que tu fuerza?

Tu fuerza en tus brazos,

Tu cabeza en tus brazos,

Tu fuerza en el cielo descompuesto,

Tu cabeza lamentable,

Tu cabeza que llevo.

Tú no jugarás ya conmigo,

Perdida heroína,

Mi fuerza corre en tus brazos.

 

Mascha reza con los ángeles

La hora que tiembla en el fondo del intrincado tiempo

Un rápido pájaro bello más vivo que una polvareda

Arrastra en un espejo un cadáver sin cabeza

Bolas de fuego endulzan sus alas

Y el viento de su vuelo enloquece la luz.

El mejor ha sido descubierto lejos de aquí.

 

No más compartir

Es la tarde de la locura, desnudo y limpio,

El espacio entre las cosas tiene la forma de mis palabras

La forma de las palabras de un desconocido,

De un vagabundo que desnuda su garganta

Y lacea los ecos.

Entre árboles y barreras,

Entre muros y mandíbulas,

Entre este gran pájaro tembloroso

Y la colina que le aplasta,

El espacio tiene la forma de mis miradas.

Mis ojos son inútiles,

El reino del polvo se ha acabado,

La cabellera del camino se ha puesto su rígido manto,

Ella no huye ya, yo no me muevo,

Todos los puentes están cortados, el cielo no pasará

Puedo dejar de vigilar.

El mundo se desprende de mi universo

Y, en el punto álgido de las batallas,

Cuando el tiempo de la sangre se marchita en mi cerebro,

Distingo la luz de esa claridad de hombre

Que es la mía,

Distingo el vértigo de la libertad,

La muerte del delirio,

El sueño del desvarío.

¡Oh reflejos míos! ¡Oh mis reflejos sangrientos!

 

El más joven

Del techo de la libélula

Un niño loco se ha colgado,

Mira la hierba fijamente,

Confiado levanta los ojos:

La ligera niebla se lame como un gato

Que se despoja de sus sueños.

El niño sabe que el mundo recién nace:

Todo es transparente,

Es la luna quien está en el centro de la tierra,

Es el verdor quien cubre el cielo

Y está en los ojos del niño,

En sus ojos oscuros y profundos

Como las noches blancas,

Cuando nace la luz.

 

La noche

Acaricia el horizonte de la noche, busca el corazón de azabache que el alba cubre con su carne. Pondrá en tus ojos pensamientos inocentes, llamas, alas y verdores que el sol no inventó,

No te hace falta la noche, sino su poder.

 

 

Tomados de:

Éluard, Paul (2006) Capital del dolor. (Traducción Eduardo Bustos). Madrid, España: Visor.

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El hombre solitario como la campanada de la una
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