John Wayne, Pedro Armendáriz y 2 besos

El 11 de junio de 1979 murió John Wayne, el nombre verdadero de este hombre de abierta postura conservadora era Marlon Robert Morrison. Su carrera comenzó en la cinta silente Brown Harvard, en un papel sin crédito que obtuvo recomendado por su amigo John Ford, con él posteriormente filmará La Diligencia (1939), adaptación del cuento “Bola de sebo” de Maupassant, uno de sus primeros 142 protagónicos, ahí iniciará su estereotipo papel de vaquero y ambos marcarán pautas perdurables en el género western.

Originario del estado de Iowa y nacido en 1907, Wayne ostenta el récord de mayor números de papeles estelares, esta estadística es posible gracias a que su carrera transcurrió durante un periodo en el que Hollywood se consolidaba como una parte más del engranaje de la línea de producción de unos Estados Unidos que buscaban, tras la segunda gran guerra, terminar de consolidar su hegemonía; no sólo se producían a montones carros, radios y televisiones, también mercancías sentimentales como canciones y películas.

La presencia de Wayne como icono de la farándula no es arraigado en México, para nosotros es un mito ajeno, yo no lo entiendo como ellos no deben entender a Pedro Infante, pero la resonancia de Wayne en la vida estadounidense es tal que en el año 2007 aparecía en el tercer lugar de la lista de las celebridades favoritas de Estados Unidos tras mucho tiempo sin dejar de aparecer en ella en los primeros lugares.

Murió de un cáncer legendario y que, según algunos cálculos, ha provocó la muerte de 91 personas, entre actores y staff de la película Conqueror, en el que Wayne interpretaba a un Genghis Khan más deslumbrado por el sol que con ojos rasgados; la rumorología cuenta que el rodaje se llevó a cabo a 200 kilometros de la zona donde se realizaron las pruebas del Proyecto Manhattan en 1945, cuyo resultado serían dos bombas atómicas lanzadas innecesariamente sobre dos ciudades japonesas.

Entre los actores de Conqueror se encontraba Pedro Armendáriz, quien un 18 de junio de 1963 ya diagnosticado de un avanzado cáncer de riñón y a punto de ser trasladado a un hospital en Los Angeles California pidió a su esposa Carmelita que le fuera a comprar un sándwich a la cafetería de la clínica, el actor aprovechó esta ausencia para dispararse un tiro en el corazón con un revólver que había escondido en las ropas que empacó antes de salir de su casa. Wayne en los mismos años tuvo el mismo diagnóstico: cáncer, pero vivió 16 años más, aunque desde 1964 vivió mermado pues le fue extirpado un pulmón y un par de costillas. Un mismo mal dos determinaciones distintas.

Quede como recuerdo dos besos de Wayne a Maureen O’ Hara de la pelìcula The quiet man (1952), de la que tiempo después en México se haría una adaptación: Me gustan valentones (1959), estelarizada por Luis Aguilar y Rosita Quintana, uno de mis amores platónicos que envejecieron mal.

La película también ha envejecido demasiado mal, como aquellos versos del poema “A Gloria” de Díaz Mirón:

¡Confórmate, mujer! Hemos venido
a este valle de lágrimas que abate,
tú, como la paloma, para el nido,
y yo, como el león, para el combate.

Para mí la escena conservaba cierto encanto, en mayor parte por la química y sensualidad que transmiten Wayne y Mauren O Hara, otra figura de la época, ambos son una de las parejas más memorables del cine, al nivel de Pedro Infante y Blanca Estela Pavón.

Wayne interpreta a Sean Thorton, un hombre que vuelve a su poblado natal en Irlanda tras haber sido boxeador en Estados Unidos, quiere olvidar su pasado pues mató a un hombre, al llegar compra la casa en la que nació, apenas al entrar a su pueblo se enamora de una pastora que ve en el camino, Mary Kate Danaher. Tras un filtreo a la vieja usanza en la iglesia,  al que ella responde con un mutis, y antes de sufrir humillaciones de parte de todo el pueblo por su carácter pacífico; Thorton un día, en medio de una ventisca, llega a su casa y nota la presencia de alguien, al entrar confirma su sospecha, encuentra limpio, la chimenea encendida y restos de basura amontonados, él sabe de quién se trata.

Toma una piedra y la lanza contra el vidrio de una ventana. Ella, que estaba escondida tras una mesa en otro cuarto, en su susto voltea hacia un espejo, su reflejo la hace correr buscando salir de la casa. Antes que la abandone Thorton la toma del brazo, la lleva hacia adentro, la arrastra hacia él y la besa, ella recarga la cabeza en el pecho de Sean, de inmediato él cierra la puerta por donde ella intentaba escapar y cesa el aire que agitaba sus ropas, tras la sorpresa ella echa su cabello hacia atrá mientras prepara su furiosa respuesta: una bofetada que no llega a destino:

– Pero quién se ha creído para besarme.

– ¡Ah! Sabe hablar.

– Sólo cuando se me da la gana hacerlo, y si vuelve a acercarse haré algo más que hablar.

-Tranquila, pega usted muy fuerte.

– Lo superará.

– Hay cosas que un hombre no supera con facilidad

– ¿Qué? ¿Por ejemplo?

– La aparición de una chica que avanza entre lo campos con el sol en sus cabellos, o arrodillada en la iglesia con el rostro de santa.

– No diga disparates

– Aún así ha venido usted a limpiar la casa de un extraño

– Es algo que haría por cualquier cristiano

– Lo supongo Mary Kate Danaher y se lo agradezco mucho

– No hay qué agradecer

Ella da un rápido beso de despedida y se marcha.

Texto publicado  en:

http://nofm-radio.com/2015/06/john-wayne-pedro-armendariz-y-2-besos/

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El hombre solitario como la campanada de la una
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